Hay que esperar todo el día para conocer a los Alpes Suizos. Y el tiempo pasa lento mientras se genera la expectativa. Pensaba que en realidad no debería sentir tal ansiedad por conocer unas montañas de las que he sabido toda mi vida. O quizá justo por eso el corazón me latía más fuerte cada vez que miraba la hora.
Fabrizio, un italiano que vive aquí y que se ha pasado los últimos cuatro años extrañando el poder salir de trabajar a las 10 de la noche y encontrar dónde comer, fue el culpable. Me explicó que para ver las montañas desde esa ciudad cuando hace calor, hay que esperar a la tarde, a las cinco o las seis, para que la bruma se haya despejado.
Mientras, hay mucho qué hacer. Recorrer a pie las calles de la pequeña ciudad que no tiene más de 130 mil habitantes, no tiene desperdicio. Pero cuidado. Lausana está construida sobre colinas así que conocer a pie la Capital Olímpica puede resultar agotador. Pero, puedes utilizar el metro. Actualmente sólo tienen una línea, pero a finales de este año debe quedar terminada la segunda. O confiar en su sistema de autobuses. Es de lo poco que te saldrá gratis aquí. Los hoteles te proporcionan una tarjeta con la que utilizas el transporte sin pagar. Otra monada es la red wireless pública a la que puedes acceder en la calle.
Ya en plan turista, debes visitar el centro, que guarda partes que datan de la edad media, como su catedral. La construcción gótica, del siglo XIII, es solemne y desnuda. Por aquí la Reforma de Lutero y Calvino se tomó muy en serio, así que no esperes ostentación sino elegancia y sencillez, como la de sus sillas de madera y asientos tejidos.
Un viejo escritor que la visitó quedó impactado porque desde ahí veía el lago y en sucesión ascendente, las montañas, las nubes y las estrellas. Ahora es difícil conseguir la vista que tuvo ese día Víctor Hugo. Hay edificios que la obstruyen y debes caminar entre callejones, subir y bajar escaleras, dar vueltas inesperadas, para descubrir resquicios en los que puedes asomarte a la lejanía.
Dicen los suizos que Lausana es una paradoja. Es la ciudad más hermosa de un país que se caracteriza por su espectacular naturaleza. Para los latinos, que nos justa quejarnos de todo, se extraña el bullicio. Y se resienten los bolsillos. Comer es caro, mucho. Además, son los más estrictos en Europa con eso de los horarios de los alimentos. A las 3 de la tarde, olvídate de que esté abierta la cocina de los restaurantes. Te tendrás que conformar con ensaladas o sándwiches.
Pero no es para ponerse a llorar. En el restaurante del Museo Olímpico venden una ensalada con foie gras que es deliciosa. Por si fuera poco, la vista desde la terraza donde está ubicado es espectacular. Con razón al Comité Olímpico Internacional se le ocurrió establecerse aquí. Claro, hay que gastar 35 francos por ese manjar (y no es la ensalada más cara), pero ya se sabe que a los lores del deporte eso del dinero los tiene sin cuidado.
Cae la tarde en la ciudad en la que nació Alejo Carpentier. Caminar por Avenida Rhodanie, la última antes del lago Leman, esperando a que se vayan los últimos restos de bruma: Un oficinista sólo en una banca que da a un pequeño embarcadero. Niños, que al fin salieron a la calle, corriendo detrás de sus perros, jóvenes tomados de la mano, viejos respirando la brisa húmeda, tulipanes amarillos o rojos, resplandecientes con la luz oblicua…
Y al fin, los Alpes. Los hielos eternos. Allá, enfrente está Evian Les Bains, en Francia. Con el agua que escurre desde sus montañas llenan botellitas que nos envían al resto del mundo. Más allá es Italia, y a la derecha está Ginebra. Los barcos dejan hinchar sus velas. El corazón late apresurado.
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