Un viaje a bordo del legendario Glacier Express permite confirmar todas las suposiciones que un viajero se puede hacer sobre los cantones suizos: montañas nevadas y rodeadas por lenguas de hielos eternos, valles tapizados de flores donde las vacas hacen sonar sus cencerros, lagos cristalinos, pueblos de piedra y madera, y aristocráticos centros de esquí frecuentados por la crème de la crème de la farándula global.
Paradójicamente, lo que sorprende en Suiza es la ausencia de sorpresas; la perfecta coincidencia entre la realidad y la imagen idílica que proyecta hacia el mundo el pequeño país del corazón de Europa.
El llamado Expreso de los Glaciares une desde hace poco menos de un siglo las ciudades y poblados de la franja sur de Suiza, donde las fronteras helvéticas tocan las de Francia, Italia y Austria. Comenzó su andadura en 1930 como un tren de pasajeros como cualquier otro, pero hace algunos años fue reconvertido para brindar un lujoso recorrido entre los centros invernales de Zermatt y St. Moritz.
Lo que durante décadas fueron asientos de madera y cuero, hoy son confortables butacas con mesas para degustar los manjares de la región y los vagones están cerrados por una bóveda acristalada que permite disfrutar de una visión panorámica del recorrido.
Paseos y alta cocina
La mejor forma de comenzar el viaje es ingresar a Suiza por Ginebra, una ciudad marcada por los tesoros históricos y famosa por su intensa vida cultural. Desde allí se inicia la travesía por la excelente y puntualísima red de trenes helvéticos, desde la terminal de Ginebra hacia el este, en servicios regulares que tienen como destino final las ciudades de Brig o Andermatt.
Mientras la formación comienza a ganar velocidad, sobre la derecha aparece la silueta del lago Ginebra, que se mantendrá durante un largo rato en los ventanales del vagón, mostrando una intensa sucesión de mansiones alpinas con embarcaderos y pequeños veleros surcando las aguas.
Tras poco más de dos horas de viaje, se llega a la encantadora estación de Visp, donde se realiza la conexión hacia Zermatt, el verdadero punto de partida del Expreso de los Glaciares. Si hay tiempo, es muy recomendable hacer una parada de aunque sea unas horas en Visperterminen, una pequeña localidad situada a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, donde se encuentran los viñedos más altos de Europa, que se precipitan por las laderas de las montañas que dan marco al pueblo.
Famoso por la calidad de su vino emblemático, el Heida, que se elabora por estas latitudes desde la Edad Media, Visperterminen es también un sitio en las que se mantienen muy vivas las antiguas tradiciones y costumbres del cantón de Valais, como las competencias de deportes alpinos y procesiones como el Corpus, que atrae todos los años a turistas de toda Suiza.
Un dato para viajeros sibaritas: cada año, el primer sábado de septiembre tiene lugar en Visperterminen la Wii-Grill-Fäscht, una jornada dedicada a recorrer viñedos y bodegas saboreando los nuevos vinos y disfrutando de platos tradicionales como el raclette, sabrosas rodajas de queso fundido.
Retomando el camino hacia el Sur, a una hora y media se halla Zermatt, la ciudad del Matterhorn, uno de los picos emblemáticos de Europa. Enclavada en un valle, Zermatt es una postal de pueblo alpino, con casas de balcones floridos y techos a dos aguas que trepan por las laderas de la montaña y se asoman a las aguas correntosas del río Vispa.
Su principal atractivo turístico es el ascenso al Matterhorn, que se realiza por medio de un funicular que deposita a los viajeros en la base de la majestuosa montaña (llamada monte Cervino por los italianos), desde donde parten senderos que unen lagunas de altura, bosques y glaciares. En invierno es uno de los centros de esquí más afamados del país, frecuentado por aristócratas europeos durante todo el siglo XX y, desde hace algún tiempo, copado por nuevos ricos rusos y chinos.
Al descender de regreso a Zermatt vale la pena detenerse en Zum See, un caserío de fina estampa helvética donde se halla Max und Greti Mennig, un restaurante que puede justificar por sí solo la visita a Suiza para cualquier apasionado del arte culinario. Recomendado en biblias gastronómicas como Passport Bleu y Michelin, este pequeño local con terrazas que miran a las montañas ofrece cocina de autor de aires suizo-italianos, con especialidades de cordero, pescado y pastas caseras, y una excelente carta de vinos italianos, franceses y suizos.
Con la puntualidad característica de estos pagos, el Expreso de los Glaciares parte de la estación de Zermatt a las 8.48 de la mañana, iniciando una travesía que culminará siete horas y media más tarde en St. Moritz. Lenta, muy lentamente, el convoy acristalado avanza por la bellísima región de Valais, mientras los pasajeros reciben un desayuno humeante y disparan con pasión sus cámaras digitales hacia el exterior del tren.
Rumbo a St. Moritz
La primera parada es Brig, una ciudadela del año 1250 que atesora uno de los castillos medievales más importantes del país y es el punto de partida para excursiones hacia el glaciar Aletsch, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Luego comienza el parsimonioso ascenso hasta el puerto de montaña de Oberalp (2.033 metros) y el tren parece abalanzarse al vacío mientras recorre la silueta del escarpado valle del Rin.
La hora del almuerzo transcurre justamente cuando el Expreso de los Glaciares se encuentra en el punto más alto y sinuoso de su trayecto, lo cual produce algunas escenas curiosas en el interior de los vagones: si bien restaurante del tren ofrece un menú de delicias locales, muchos pasajeros optan por improvisar un picnic vagones adentro con embutidos, quesos y cervezas suizas adquiridas en las tiendas de Zermatt.
Tras detenerse en el nudo ferroviario de Chur, el convoy gira al sudoeste para encarar la última etapa del viaje, que se desarrolla sobre uno de los tramos ferroviarios más hermosos del mundo. Primero se abre paso entre frondosos bosques alpinos, que por momentos se encierran sobre el tren hasta convertirse en una bóveda oscura e intensamente verde, y luego comienza a enhebrar un sinfín de túneles y puentes de montaña, entre los que se destaca el gran viaducto de Landwasser.
Antes de emprender la recta final, el tren pasa por Davos, una ciudad literalmente encerrada entre los Alpes, conocida por ser la sede anual de un encuentro que reúne a una buena parte de las figuras más poderosas e influyentes del planeta.
Situada a 1.560 metros sobre el nivel del mar, Davos se encuentra en medio de un escenario natural prácticamente virgen en el que abundan las opciones para los amantes del trekking y, durante el invierno, se convierte en un importante centro de esquí, que cuenta con modernos servicios de transporte, 320 kilómetros de pistas de esquí y 75 kilómetros de pistas de esquí de estilo nórdico.
Finalmente, cuando el reloj marca las 16.42, "El tren rápido más lento del mundo", como también se suele llamar al Glacier Express, hace su entrada en la estación de St. Moritz, dando fin a una travesía de 300 km en la que ha dejado atrás siete valles, 291 puentes y 91 túneles.
En el Hollywood suizo
La estadía en St. Moritz puede provocar en los visitantes la curiosa sensación de haberse convertido, de un momento a otro, en figuras de fama mundial. Al pasear por sus elegantes callejuelas o por la costanera del lago, todos parecen ser "alguien", como si el solo hecho de estar en la ciudad fuera un certificado de glamour.
Un paseo con guía por su casco urbano (se pueden concertar en la oficina de turismo), es una verdadera ruta de las celebridades: aquí el palacio-discoteca donde pasa los fines de año la díscola Paris Hilton, allí el colegio donde el arquitecto británico Norman Foster lleva a sus retoños y, más allá, la chocolatería favorita de Robert De Niro. Por cierto, esta última se llama Hauser y es una de las más famosas de Suiza, lo que es mucho decir. Su especialidad son las trufas rellenas y, contra lo que se podría pensar de antemano, no es especialmente cara.
En los alrededores de la ciudad hay parajes naturales excepcionales, como el área del Corvatsch o el parque nacional de la Baja Engadina, ideales para realizar excursiones veraniegas por lagos, prados alpinos y glaciares. Sin embargo, St. Moritz muestra su costado más atractivo, en todos los sentidos, durante los meses de invierno.
Cuando la primavera llega a su fin, y a veces aún antes, el lago que domina la ciudad se congela para convertirse en un monumental complejo deportivo al aire libre y es sede de algunas de las escenas más refinadas que se pueden imaginar. Por ejemplo, partidos de polo sobre hielo en los que el constante tintinear de las copas de champagne puede llegar a ser sofisticadamente ensordecedor.
Fuente: Josefina Mol, ESPECIAL PARA CLARIN, Argentina.
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