Los alóbroges fueron los primeros pobladores de la ciudad que terminaría siendo la sede alterna de la Organización de Naciones Unidas y de numerosas entidades internacionales. Tuvieron una larga historia.
Una primera lectura de la vida ginebrina (nada que ver con la bebida) refleja que la urbe puede antojarse un monasterio gigante, adornado por hermosos y bien cuidados edificios antiguos, con una pulcritud tal vez irrepetible.
Paraíso ecológico urbano ideal, con bajos índices de contaminación ambiental, abundantes áreas verdes, el curioso Reloj Floral que bordea los contornos del lago y un tráfico de vehículos moderado, en comparación con otras ciudades europeas.
Cierta complicidad con Le jet d´eau y sus 140 metros de altura, disparando 500 mil litros de líquido vital por segundo en el Lemán, como si se tratase del único decorado semi-artificial existente, además de los relojes.
Omnipresente, acompañado por la casi inseparable cuchilla multiusos suiza, y siempre con el símbolo de la cruz de la bandera nacional, un reloj suizo es como el champagne, inimitable y exclusivo de Francia.
Al margen, no he podido nunca olvidar la pregunta hace cinco años que me hizo una amiga, no por ignorante, sino por su proclive afición a mostrarse siempre distraída, es decir en las nubes.
La interrogante parecía una broma pero no lo era. Quería saber cómo diferenciar la bandera de la Cruz Roja Internacional de la Suiza por tener ambas colores similares, blancos y rojos.
En realidad, se debe admitir que es posiblemente Ginebra la ciudad donde son más comunes y visibles banderas con una cruz central. Sólo que, como es obvio, una claramente tiene en el centro La Cruz Roja..
Volviendo a esos maravillosos artefactos que nos ofrecen la oportunidad de conocer la hora con precisión milimétrica, un boulevard llamado Mont Blanc, a pocos metros de la Gare de Géneve (la estación de trenes) tiene una notable variedad de relojerías.
Mont Blanc es igualmente parte del aire que se respira entre los apenas 186 mil habitantes de la capital del cantón del mismo nombre, que pudiera alcanzar el medio millón de residentes fijos o temporales con el ejército de foráneos. Además de las agencias de la ONU y la Cruz Roja, están las Organizaciones Internacional del Trabajo, Mundial del Comercio, Mundial de Salud y Mundial de la Propiedad Intelectual, entre otras.
Una curiosidad: Francia e Italia son en verdad los asientos del Mont Blanc, cumbre de los Alpes y pico más alto de Europa Occidental, con cuatro mil 810, 9 metros de elevación.
Privilegio de Ginebra, tener al Mont Blanc como espectacular pared de la urbe, entre otras bondades de su estratégica geografía, cerca de todas partes pero sólo accesible cuando es necesario.
Ofrece la sensación de ser una ciudad apacible, tanto como para moverse en las cuerdas de dos alternativas: disfrutar de jugosos ingresos económicos para transitar en una vida de lujos, o cruzar las fronteras, una práctica constante.
Celtas y otros lenguajes (Subtítulo)
No es la diversión ni el jolgorio lo que más distingue a Ginebra. El fácil cruce de las fronteras hacia poblaciones contiguas de Francia e Italia, ofrecen una cierta sensación cosmopolita.
Una pequeña localidad contigua de ocho mil 500 habitantes, tiene marcas profundas en la saga ginebrina, Ferney Voltaire. Allí se radicó desde 1755 Francois Marie Arouet, más conocido por Voltaire, filósofo, paradigma de la corriente iluminista gala.
Ferney fue enriquecido por las construcciones de un castillo y una iglesia por iniciativa de Voltaire, un apodo que adoptó el escritor francés sin que se conozca con precisión su origen.
Entre muchas versiones, la más sencilla es que se trata del anagrama de Arouet Le Jeune (el joven Arouet). Sin embargo, a los ginebrinos les basta con tener entre sus hijos adoptivos más entrañables a Voltaire.
Aunque los celtas dejaron su sello en la llamada Ciudad Internacional de Suiza, el concierto singular de idiomas que se escucha aquí proviene de funcionarios de la ONU y demás representaciones, embajadas
Sin dudas todos con el liderazgo de la francofonía del Cantón y la propia combinación de italoparlantes, de la zona germana de Suiza, relevante inglés y algo de español.
El nombre de Ginebra es de origen celta, Genava, pero se dice que asimismo Julio César la denominó de igual forma en latín.
Su actual territorio fue un poblado alóbroge, tomado y fortificado por César en el año 58 antes de Cristo, cuando se integró a la Galia Narbonense.
Ocupada por los burgundios en el siglo V y luego por los francos en el año 534, Ginebra ascendió más tarde a capital del reino de Borgoña en la novena centuria, perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico en 1032.
La ciudad vieja supone un encuentro con la historia a partir de la Catedral de Saint-Pierre, el Bourg-du-Four, un punto de citas, La Terraza de Agrippa d´Aubigné y el Museo Barbier-Mueller con su colección de objetos de arte primitivo.
Una combinación sui géneris que refleja la impronta del Santo Imperio Romano, o cuando Ginebra fue capital del Reino de Borgoña, y más adelante quedó marcada por la influencia de los gobiernos sucesivos de Condes y Duques de Saboya durante los siglos XV y XVI.
Si la armoniosa cadena de relojerías, bancos y joyerías, junto a hoteles y cafés, que adornan la primera línea del lago, resulta atractiva, no menos interesante son los Museos.
De Arte e Historia, de Historia Natural, Etnografía, Ariana (cerámicas), Rath (arqueológico) y por supuesto, de los cronómetros del tiempo, además del emporio Patek Philip.
No es París, pero Ginebra aprecia con modestia un inventario de lujo de obras de trascendencia universal, desde las Imágenes de la Espiritualidad Griega, la colección de Rena Andreadis, hasta las esculturas y pinturas.
Rodin y algunas de sus esculturas, Rembrandt, Renoir, Monet, Picasso y Cezanne, mientras en una esquina, reposando en una aparente levitación, Bouquet de fleurs dans un vaste bleu, y Vue d´Auvers avec champ de ble, de Vincent Van Gogh.
Fausto Triana (Prensa Latina) |