René Burri fue uno de los artífices en mostrar, durante el boom de las revistas ilustradas, una ventana con vista a la vida y a los grandes episodios del siglo XX. Las guerras, las crisis y los territorios en conflicto, como Camboya, Líbano, Teherán, fueron captados por su cámara. También fue ese testigo de los últimos vestigios de la era dorada de las publicaciones que le tocó presenciar el cambio que transformó las comunicaciones con la televisión e internet.
Estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Zurich y fue su profesor de fotografía, Hans Finsler, el que lo introdujo al movimiento de la Nueva Objetividad, que buscaba la organización gráfica de una imagen entre líneas y equilibrios de las formas. Burri en efecto muestra en algunas de sus obras esta perspectiva formal de ver la vida, un ojo educado que busca estructuras que sin embargo sucumbía a su temprano interés por los seres humanos. Es esta curiosidad por el mundo y la vida la que lo embriagará a lo largo de su obra, primando sobre la estética pura. Ahí está la particularidad de sus creaciones, porque mezcla humanismo y formalidad.
Uno de sus primeros reportajes fue sobre una escuela de niños sordomudos en Zurich, su ciudad natal. Esta tocante historia fue publicada por primera vez en la revista Life, mereció portada y fue la que le abrió las puertas para entrar en la agencia Magnum en 1955.
Picasso: su obsesión
Burri siempre se interesó en los artistas. En 1956 vio una exposición en Milano donde el Guernica de Picasso se presentó por última vez en Europa antes de irse a Estados Unidos. Con esta muestra y con la reacción del público al ver las obras de Picasso quedó muy impactado y decidió que quería tomarle fotos al artista. No tenía un peso, comía pan con mostaza, hizo autostop y llegó al taller de Picasso. Golpeó la puerta y dijo: “Soy Burri, vengo de Suiza y quiero hacerle una foto a Picasso”. Y la secretaria le contestó que ya había demasiados fotógrafos y que no sería posible.
En otra ocasión, Burri fue enviado a España para hacer un reportaje sobre Franco y resultó metido en un conflicto con la policía. Golpeado, fue a un café a descansar, tomó el periódico y se enteró de que Picasso iría a una corrida de toros en Nimes al día siguiente. Así, se montó en un carro, condujo 500 km en una noche y agotado llegó al primer hotel que encontró: el Cheval Blanc. Le dijeron que había un cuarto disponible, que lo estaban esperando y que debía subir al primer piso. Abrió la puerta de su supuesta habitación y estaba Picasso en la cama. Pidió permiso para tomar fotos y fue así como empezó una relación con el artista y como terminó su obsesión. Fue un error absoluto y afortunado.
Una fotografía de autor
Picasso no fue el único artista del que hizo retratos. Los reconocidos arquitectos Le Corbusier, Jean Nouvel, Renzo Piano y los artistas plásticos Giacometti e Yves Klein, entre otros, tampoco escaparon a su lente.
Burri, en efecto, estaba muy concentrado en el mundo artístico, en la creación del mundo, en las grandes ideas y en las revoluciones. Es un fotógrafo que se para frente a los hombres, frente a la cultura y frente a los hechos, y que logra sus imágenes no con momentos robados, sino dialogados. En la actualidad, se mueve entre París y Zurich, disfruta de la vida y se dedica a armar su gran archivo fotográfico.
Casa de Moneda hasta el 31 de mayo. Entrada gratuita.
Por: Liliana López Sorzano; elespectador.com |