Liebistorf es como cualquier otro pueblito suizo: limpio, ordenado, pacífico. Aquí los bosques son frondosos; el agua, cristalina; la calidad de vida, elevada. Son pocas las casas y muchas las flores, y por la única parada de transporte público atraviesa, con una puntualidad casi escalofriante, un autobús amarillo a cada una de las horas establecidas en la tablilla horaria.
Hoy es sábado, y Rita, una maestra de escuela retirada, se prepara para pasar un día en familia. La acompañan su marido, Charly, empleado de una planta nuclear cercana, y sus hijos Anja y Jonas, de 16 y 19 años. Cargan el coche familiar con bolsas deportivas, y después de recorrer unos pocos kilómetros entre praderas verdes, llegan a una casa de madera en medio de un sembradío donde hay autos estacionados, bicicletas y perros, y un grupo de jóvenes y viejos charlando a la sombra de un árbol. Todos visten las mismas chaquetas, y no caben dudas de que pertenecen al mismo club que Rita y su familia.
Por dentro, el lugar se asemeja a la casa de una familia numerosa, con las paredes empapeladas de fotos, recortes de periódicos y diplomas deportivos en los que se repiten los apellidos y las caras de varias generaciones. En la cocina, un grupo de jóvenes conversa acerca de la salida de anoche mientras un par de mujeres cortan tomates y lechugas.
Luego de terminados los saludos, todos vuelven a sus coches y regresan cargando con la misma gracia de una ceremonia ensayada muchas veces las herramientas fundamentales con las que construir este día en familia: fusiles militares de asalto FAS 90, el arma reglamentaria del ejército suizo. Seguidos por un despliegue de cartuchos y una charla distendida, en contados minutos todos están listos para dar comienzo a una sinfonía cacofónica de disparos que se escuchará casi todo el día en este y en muchos, muchísimos, lugares del país, donde miles de familias como la de Rita se reúnen para vivir una de las pasiones populares suizas: el tiro.
Con más de 3.000 polígonos de tiro en todo el país (casi a razón de uno por pueblo), en la pacífica y neutral Suiza es más común encontrar un lugar donde disparar con un fusil militar a 300 metros que uno donde jugar al fútbol.
Los suizos están bien armados desde hace mucho tiempo. Desde que se sentaron las bases de la Antigua Confederación Suiza, en 1291, este pueblo decidió estar armado como manera de preservar su independencia. Tras unas decisivas batallas en las que campesinos suizos derrotaban a ejércitos extranjeros de soldados profesionales que los triplicaban en número, los suizos se ganaron la fama de combatientes bravos y temibles, fama que sirvió para que muchos pudieran escapar del hambre de esta geografía accidentada y de estas tierras yermas empleándose como mercenarios, una de las profesiones suizas por excelencia en la antigüedad. En el siglo XIX, cuando se sientan las bases de Suiza como Estado moderno, se define la conocida neutralidad como política exterior, al tiempo que son la política liberal de armas, la práctica del tiro y la milicia las que constituyen la columna vertebral del sistema de defensa.
Como buena explicación de estas políticas es en esta época cuando renace un antiguo mito: el de un campesino diestro en el uso de la ballesta que, negándose a reverenciar al señor feudal ocupante, es condenado a disparar desde una distancia de 80 pasos a una manzana colocada en la cabeza de su hijo. El campesino, llamado Guillermo Tell, no sólo sale victorioso de la hazaña, sino que, además, termina generando una rebelión popular que se propaga por los tres cantones que en ese entonces conformaban Suiza.
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