El espectáculo tuvo lugar en la Iglesia Luterana de Ginebra, donde se celebra durante el verano un ciclo de conciertos gratuitos, siempre a mediodía, con la finalidad de acercar el arte a todos los públicos.
La coreógrafa explicó a Efe que el montaje se basa en las composiciones del organista suizo Guy Bovet, "unas curiosas piezas para las que se inspiró en la base rítmica del tango, aunque está muy alejado de lo que conocemos como el tango argentino".
La música de Bovet ha estado interpretada por dos músicos también argentinos, aunque afincados en Suiza, el saxofonista Eduardo Kohan y el organista Norberto Broggini, artífices de la idea de juntar las composiciones de Bovet con la danza, para lo que pidieron a Lapzeson que montara una coreografía.
Según contó Lapzeson, el resultado final ha sido fruto de mucho trabajo previo en el estudio, donde la improvisación ha tenido un lugar fundamental.
"He trabajado con dos bailarinas a las que, además de seguir mis pautas, les he pedido que improvisen mucho, por lo que el papel e la bailarina es muy importante", aclaró.
Para la bailarina Marcela San Pedro, este montaje que han representado ya en diferentes iglesias de la geografía suiza "es siempre una linda aventura" porque no se sabe cómo va a terminar ni cómo va a reaccionar el público.
San Pedro precisó que representar una obra con tanto peso de la improvisación es una experiencia muy fuerte porque "no hay ningún lugar en el que te puedas esconder".
"Tengo que estar todo el tiempo creando, inventado", subrayó la bailarina chilena, que vive actualmente en Francia, aunque pasó catorce años trabajando en Ginebra.
San Pedro afirmó que pese a la "complicada fusión" de géneros del montaje -mezcla danza contemporánea con tango y la música eclesiástica de órgano con el sonido del saxofón más identificado con el jazz-, el público siempre se ha mostrado muy receptivo.
"Puede sonar raro, pero al final la gente acaba entrando en la idea y eso es siempre hermoso porque da sentido a nuestro trabajo", aseveró.
La bailarina también señaló que la idea de estos conciertos gratuitos en un lugar de culto le parece "fantástica" porque sirve para que el arte llegue a la gente y descubran cosas que de otra manera sería imposible.
"Es muy emocionante porque siento que mi disciplina sirve para algo, siento que entro en relación con el público al hacerles descubrir algo nuevo", matizó.
Precisamente el proyecto de los conciertos de verano en la Iglesia Luterana de Ginebra fue ideado hace veinte años por un músico argentino, Miguel Angel Estrella, quien fue prisionero político en Uruguay en la década de 1970.
Tras su liberación en 1980, Estrella fundó esta asociación -"para poner la música al servicio de los derechos humanos y la paz"- que recauda fondos en los conciertos que se destinan a causas humanitarias.
En esta edición, colaboran con una asociación de Santiago de Chile que trabaja con discapacitados mentales.
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