La idea de la muestra fotográfica es hacer un tributo al esfuerzo de todas las familias suizas que con perseverancia llegaron a hacer de esta zona una de las mas prósperas del país. El objetivo es exponer un registro fotográfico inédito de niños en siete generaciones de una familia, como testimonio y homenaje a todos los cientos y miles de descendientes de estas familias originarias.
Entre 1883 y 1886, luego de cruzar los océanos Pacífico y Atlántico, llegaron 243 familias con un total de 1.313 suizos desde Bordeaux al puerto de Talcahuano. El trayecto incluyó el viaje en tren hasta Angol y luego el viaje en carretas a la Novena Región actual, por un convenio firmado entre la República de Chile y la Confederación Suiza. El fin de este acuerdo inmigratorio fue el de colonizar la zona llamada “Frontera”, comprendida entre los ríos Bío Bío y Toltén. La Guerra del Pacífico había finalizado y era el momento de tomar posesión de las tierras cultivables y unir un país que se encontraba dividido desde los años de la colonia.
Siendo niños, Ana Schifferli Lang procedente del Cantón de Argau, comuna de Döttingen, llegó en el Vapor “Cordillera” en 1883, a la edad de 8 años. Ernesto Müller Bruhlmann, procedente del Cantón de Thurgau, comuna de Amriswill, llegó en el Vapor “Cotopaxi” en 1886, a la edad de 10 años. Ambos llegaron con sus respectivas familias a vivir a los bosques y llanos de una región austral en Sudamérica.
El ferrocarril ya estaba en construcción. Su llegada fue difícil. El clima extremo y la inadecuada inserción (desconocimiento del idioma, inexistencia de redes de salud o educación), sin contar con el hecho que la mayoría no eran agricultores sino artesanos, dificultó su asentamiento. El trabajo que demandaban estas tierras vírgenes era extremo, sin tomar en cuenta que algunas ya tenían posesión, lo que empeoró aún más el proceso.
Ana y Ernesto se casaron en Victoria el 28 de Junio de 1902. Tuvieron tres hijos: Ernesto, Marta y Carlos. De ellos, nacieron once nietos, los que a su vez formaron sus propias familias. Los hijos de sus hijos, conforman esta historia.
Muchos colonos murieron, quedaron en el camino o emigraron. El Gobierno de Chile daba como plazo ocho años para ser devueltos los costos de viaje, la mesada diaria para consumo de la familia durante el viaje y un salario mensual recibido durante dos años, comenzando a pagar desde el tercer año de instalación en las tierras. Al no pago, el colono perdía su derecho y la tierra volvía a manos del Estado. Gracias al trabajo y la perseverancia, muchos lograron asentarse y poco a poco vieron sus frutos.
Al evocar la memoria colectiva de un país tan lejano como es Suiza, en vísperas de nuestro Bicentenario como país libre, es imposible llegar a comprenderlo en su cabalidad, sin ser conscientes que Chile es el resultado de una amalgama de nacionalidades y etnias. Esa conciencia fortalece nuestro propio concepto de identidad nacional, clave en la conservación del patrimonio cultural.
Por Alejandro Rogazy Carrillo, lasnoticiasdevictoria.cl
|