El papa Benedicto XVI llegó a Alemania con una intensa agenda que despertó enormes expectativas. Pero en sus cuatro días de viaje mostró su lado más conservador y se fue frustrando las esperanzas de quienes pensaban que aprovecharía la primera visita a su país natal para anunciar reformas.
Con sus discursos y homilías, -ante el Parlamento, ante representantes de la comunidad protestante y ortodoxa de Alemania, ante miles de jóvenes, seminaristas y católicos comprometidos, entre otros - el pontífice de 84 años fortaleció la fe de muchos creyentes, pero endureció también la postura de los críticos.
En todos ellos habló con un lenguaje de alto contenido teológico apelando a la unidad de la Iglesia y a la lealtad de los católicos. Hizo hincapié en la necesidad de combatir la actual "crisis de fe" con una "renovación", pero una renovación sólo de la fe porque descartó categóricamente emprender cualquier tipo de reforma.
La Iglesia no tiene que adaptarse al presente y no puede dejarse llevar por las nuevas modas de la sociedad, tiene que seguir fiel a su doctrina y "desmundanalizarse", recalcó en su último discurso público, pronunciado esta domingo en Friburgo.
En sus cuatro días de viaje, desde el ateo Berlín al católico Friburgo pasando por el agnóstico y protestante Erfurt, no hizo referencia a algunos de los temas que más deseaban los católicos alemanes, como el del papel de la mujer en la Iglesia, el celibato, la pérdida de imagen del Vaticano o el problema de los creyentes divorciados que no pueden comulgar.
El presidente del país, Christian Wulff, quien lo acompañó en la mayor parte de su recorrido y se encargó de despedirlo en el aeropuerto, había manifestado expresamente su deseo de que el Papa anunciara una apertura en ese último aspecto.
Y en un país en el que la Iglesia católica pierde fieles a un ritmo galopante, sobre todo por los escándalos de abusos sexuales por parte del clero, tampoco convenció a todos con el encuentro que mantuvo el viernes por la noche con víctimas de abusos en instituciones educativas de la Iglesia católica en Alemania.
En el esperado encuentro, que no figuraba en el programa oficial, el pontífice se mostró "profundamente avergonzado" y aseguró que la Iglesia está "seriamente preocupada" y "comprometida con la promoción de medidas efectivas para la protección de los niños y de los jóvenes", según explicó la Santa Sede.
Hoy, en su última alocución, volvió a referirse al "doloroso escándalo de quienes predican la fe" y advirtió que esos casos sólo "enturbian" el mensaje real de la Iglesia.
Gestos y simbiología
Pero para los críticos, sus palabras no son suficientes, son sólo "un mero gesto" que hacen del encuentro algo "hipócrita". Sin embargo, para los alemanes, la decepción mayor de este viaje fue la cumbre ecuménica del viernes en Erfurt, una cita que muchos habían calificado de "oportunidad histórica".
Se celebró en un lugar de enorme bología: el Monasterio de los Agustinos, donde el padre de la Reforma, Martín Lutero, vivió de 1505 a 1511 aún como monje católico. El papa se reunió ahí con representantes de la Iglesia evangélica de Alemania pero no logró dar el "impulso" al ecumenismo que tantos como la canciller Angela Merkel, luterana, habían deseado.
"La fe no es algo que puede inventarse o negociar", dijo el jefe de la Iglesia católica, frustrando con sus palabras las esperanzas de quienes ansiaban un rápido acercamiento de los cristianos.
Pero pese a decepcionar a muchos, el Papa proporcionó confianza a millones de católicos con mensajes de fuerza similares a los pronunciados en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid.
Cifras de asistencia abrumadoras
Joseph Ratzinger volvió a dejar claro que es el intelectual y no el carismático Juan Pablo II, pero se dio grandes baños de masas en encuentros en los que una impresionante multitud lo arropó coreando "Benedetto, Benedetto".
En Berlín, una ciudad con más musulmanes que católicos, reunió a más de 60.000 fieles en una misa en el Estadio Olímpico. En Erfurt, en una región donde los católicos apenas representan el ocho por ciento, congregó a 28.000, porque no había espacio para más, y hoy culminó el viaje con una eucaristía al aire libre y ante un sol resplandeciente a la que acudieron 100.000 personas.
Siempre sonriente, incluso contando chistes y con una resistencia física que sorprendió a todos, se fue a Roma con cifras de asistencia abrumadoras en un país en un país de 82 millones de habitantes en el que los católicos apenas suman 26 millones.
Como los feligreses, también las comunidades judía y musulmana se manifestaron satisfechas con la visita: el primer papa en entrar en una sinagoga en Alemania y en pronunciar un discurso en el campo de concentración nazi de Auschwitz, volvió a denunciar en Berlín el Holocausto y recordó "las horrendas imágenes de los campos de concentración".
Y abrió un nuevo capítulo en las relaciones con el islam al reconocer que los musulmanes se han convertido en un "componente" de la sociedad germana destacando también la similitud entre sus valores y los del cristianismo.
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